sábado, 13 de febrero de 2010

CARTA DE AMOR AL WATER, DE UN LECTOR APASIONADO.


Leer, en muchas ocasiones, es una compulsión. Se leen los frascos de shampoo, las cajas de cereal, las bolsas del súper, las portadas de revistas, los anuncios espectaculares y las etiquetas en cada empaque que está a tiro de vista (se lee todo, menos las instrucciones, por alguna razón). No voy a pretender que soy un ávido lector de prosa- no tanto como debiera o quisiera, al menos-, pero sí soy leedor compulsivo. Y uno de mis lugares favoritos para entrar con mi lectura elegida es el baño. Es una costumbre que sé que comparto con mucha gente… y sin embargo he descubierto que hay lectores mucho más disciplinados que yo que lo encuentran repugnante. ¡Pero si lo que importa es leer, por favor!

Yo aprendí a hacerlo (a leer, a ir al baño aprendí desde mucho antes) a los cinco años, un poco antes que la mayoría de mis compañeros. A esa edad acostumbraba comprar infinidad de cuentos (como conocía a los que ahora llamo, con todo el amor del mundo, cómics), tanto nuevos como viejitos, de todos los tipos que se creyera eran adecuados para mí. Todas las noches me metía en la cama, era arropado por uno de mis padres, mismo que, antes de siquiera poder darme las buenas noches, era obligado a leerme un cuento. Una historieta. Mi progenitor en turno se acomodaba junto a mí, ponía las páginas de la revista al alcance de mi vista y comenzaba a leerme cada diálogo de cada personaje en cada viñeta que me iban señalando con el dedo. Al poco tiempo me sabía TODOS los textos de TODOS mis cuentos (hasta el otro fin de semana en que iba por más) y podía repetirlos conforme el dedo de mis padres pasaba por ahí.

No sé bien a bien en qué momento fue, pero recuerdo que al ir en kínder enfermé de paperas, lo que me encerró en casa de mis abuelos por varios días. Mi abuelo para entretenerme (entre relatos de pitufos, duendes y alushes que cuando me mejorara iríamos a cazar), me fue enseñando las letras. Para cuando me recuperé de la enfermedad, ya podía leer pequeñas palabras. Al poco tiempo, mi padre, con su ternura habitual, una noche en que le pedí leerme mi cuento, ya cansado de la misma rutina, me dijo que si tantas ganas tenía lo leyera yo. Berrinche después, se sentó junto a mí, tomó uno de los cómics que ya me sabía y me fue enseñando a leer frases completas, con lo que ya había aprendido de antemano. Maaaaaaala idea.


Por meses, muchos, probablemente años, mis padres no podían sacarme a caminar o andar en carro sin que yo leyera en voz alta TODOS Y CADA UNO DE LOS LETREROS, PLACAS, ANUNCIOS O SEÑALIZACIONES QUE ENCONTRÁBAMOS. Era una pesadilla.

Sobra decir, imagino, que mis adquisiciones de cómics se vieron exponencialmente incrementadas ahora que ya no necesitaba de vejigas pa’ nadar. Cuentos y más cuentos y más cuentos entraban a mi casa y eran devorados por este niño de cinco años ansioso de ser El Hombre Araña, Robin, Rico McPato, El Pajaro Loco, Tino de Parchís o el Chivito (antropomorfo jugador de las Chivas que salió hace muchos, muchos años). Y creo que tampoco tengo que aclarar que uno de mis lugares favoritos para entrar al maravilloso mundo de fantasía que encerraban las historietas… era el baño.


Pero eso es normal, ¿no? Son revistas, cuentitos, cultura desechable. Todos tienen revistas en el baño; QUO, Conozca Más, TVyNovelas, Relatos Candentes. Eso es normal leerlo sentado en el escusado, mientras las tripas se hacen cargo de tirar los deshechos. Incluso siempre es bueno tener papel cerca en caso de emergencias en que no hay rollo sanitario. ¿Pero libros? ¿Libros de verdad? ¡Eso es enfermo, ¿no?!

¿Cómo vas a entrar con el Ulises de Joyce al baño? ¿Cómo puedes leer el monólogo de Hamlet mientras te echas cualquier variedad de pedos? ¿Cómo te concentras en Faulkner, Mann, Goethe, Bretón con el aroma fétido de la comida de dos días saliendo de tu intestino? ¿¡EN QUÉ COÑO ESTÁS PENSANDO!?

Pues… en leer.

Incluso podría asegurar que a autores como Poe, Bierce, Sade, Bukowsky, Sartre, Borroughs en realidad no les molestaría en lo más mínimo que los leyeras mientras cagas. No, señor. Ahora; no podría aseverar lo mismo de Sallinger, Capote, Beckett, Borges, Cortazar o Wolf, de sensibilidades poco más exquisitas, pero sí me atrevería a asegurar que agradecen que sigan siendo leídos… aunque sea acompañados de un cierto olor a mierda.

Pero entiendo de dónde viene esa aversión. A final de cuentas venimos de una cierta idealización de la cultura, de su adquisición y aprecio. La gente todavía, en todos los estratos, cree que consumir literatura (de la de a de veras, vamos, nada de Coelho o Bachman) es cuestión de cierto status, de comodidades; de sentarse en un sillón finamente tapizado, con monturas en madera finamente grabada, con una bata de seda, una pipa en la boca y una copa de vino o cognac (del caro) en una mesita a un lado, con una lámpara de luz delicada iluminando el libro finamente encuadernado, todo en medio de un estudio amplio o una biblioteca con libreros hasta el techo. Vamos, que hay que ser finamente rico pa’ poder leer.


O en su defecto, ya más modesto, está el cuadro pequeño burgués que nos ha enseñado la televisión: Antes de dormir, en cama, en silencio, la pareja (porque por alguna razón siempre es una pareja) se acomoda para abrir su lectura con sus lámparas de noche encendidas y pasan algunas de las hojas leyendo con cierta atención hasta que les vence el sueño (nunca vemos, por cierto, a nadie dormirse con el libro en las manos y amanecer con toda la baba regada sobre las páginas. Siempre se tiene tiempo de bostezar cansadamente, cerrar el volumen, dejarlo en el burocito y dormir plácidamente). El perfecto sueño suburbano gringo, pues.

¿Y qué hay de nosotros, simples mortales asalariados con poco tiempo y el agotamiento encima? ¿De dónde se sacan licores caros, lámparas con pantallas difuminadoras o libros encuadernados en oro? ¿Por qué la realidad resulta siendo tan pedestre?


Nadie tiene una biblioteca o estudio amplio y menos sillones finos donde sentarse a leer y cultivarse. En las noches, cuando se duerme solo, uno se masturba como toda la gente antes de dormir y con esas manos SÍ es asqueroso agarrar un libro (al menos, cuando se defeca se lava uno las manos). O, si se tiene la suerte de no dormir solo, lo que vas a hacer es coger como conejo y roncar. Y muchas veces ése no es el orden. Ya si se tienen algunos años (meses, en realidad) de vida en pareja, lo que va a predominar es la televisión, reina de toda recámara decente, en lo que el sueño te gana, porque después de un día de trajín lo que menos quieres es leer en la cama. Y si tu pareja insiste en tener la luz prendida en lo que acaba La Guerra Y La Paz, puedes tener una causal de divorcio. Documentado.

¿Qué más nos queda? ¡EL BAÑO!

Por eso, queridos lectores míos, yo les hago la siguiente recomendación si es que quieren dedicar su vida a las letras:


Cuando aborden esa novela que tienen entre manos, terminen el primer capítulo. Dense un tiempo; salgan a un bar, vayan al cine, aprendan a cocinar o tomen un cursito de sexo tántrico. Regresen y lean ése primer capítulo. ¿Ya? Ahora pregúntense lo siguiente: ¿Lo que acaban de leer les parece lo suficientemente interesante para leerse sentado en ese lugar idílico, sobre el fino sillón acolchonado, en medio de la enorme biblioteca de la Bestia (no, no tu pareja; la de La Bella y La Bestia)? ¿O quizá sea una lectura confortable, pausada, suave y cremosa como para disfrutarse en camita, calientito y la luz nocturna del buró de la recámara encendida? ¿O es un texto que, quizá ante la urgencia- una cena pesada, mucha fibra a medio día o un bicharajo que hace parecer que todo tu estómago saldrá de un golpe por tu ano-, meterías al baño y te quedarías ahí, incluso tras terminar lo que fuiste a hacer, hasta que tus piernas se duerman y tengas que moverte de un lado a otro de la taza para que la sangre circule, para terminarlo?

Si su respuesta afirmativa es la primera, no se decepcionen. Están bien. Muy bien. Serán lectura favorecida por la élite cultural de este país y sus nombres se mencionarán junto a los de Fuentes, Poniatowska, Esquivel, Allende y un montón más de gente que ninguno de sus supuestos lectores entiende… y probablemente ustedes tampoco entiendan ese primer capítulo del todo.

Si la que descubrieron fue la segunda opción, tampoco hay de qué preocuparse. Serán reimpresos y reimpresos, sus novelas serán lecturas favorecidas en los aeropuertos y autoservicios y, en las noches, después de leerlos, las bonitas ediciones de bolsillo descansarán en los burós de más de un ama de casa junto a obras de Brown, Crichton, Grisham, Christie o, en el peor de los casos, Steel. Pero se ahogarán en regalías y si se saben mover, comprarán el prestigio que tanto ansían.

¡Ah! Pero si eres del puñado de afortunados que descubren la última opción… entonces ya están hechos. Quizá mueran en la ruina o el desprestigio cultural- aunque se han dado casos de reconocimientos a tiempo de obras de este tamaño-, pero su novela vivirá por siempre. Será leída y leída y moverá conciencias y cambiará ideas. Tocarán vidas y habrán realizado una obra de verdad importante. Grupúsculos elitistas irán y vendrán. Best-sellers terminarán en tiraderos de remate en librerías de viejo. Pero mientras haya una sola persona en el mundo que necesite ir al baño… ustedes serán leídos.


Suerte y hasta pronto.

Francisco Espinosa.

5 comentarios:

Amy Mndz dijo...

Excelente ensayo. Yo también soy lectora compulsiva, y para mí es pecado entrar al baño sin algo que leer. Cuando se me olvida el libro, pues una revistita, ¡que para eso las puse ahí!

Anónimo dijo...

Hola Paco. Pues mi papá intentó introducirme en el exquisito arte de leer en el baño (él leía ahí desde el periódico hasta el libro vaquero). Desgraciadamente fui un mal alumno. ¡Lástima! Pobre padre mio, esa sería la primera de una serie de tristezas que le iría causando a lo largo de los años (bueno, eso en realidad es divertido; hace unos días me dijo que intentara llevar una vida "normal", jeje). Pero de verdad, he intentado leer en el baño y no me siento cómodo. Creo que eso se debe a que no puedo masticar chicle y hacer cualquier otra cosa al mismo tiempo, en este caso, no puedo cagar y leer al mismo tiempo, necesito concentrarme en lo que estoy haciendo. Creo que el placer de ir al baño -y entre más urgencia se tenga, mejor; así que recomiendo aguantar a propósito lo más que se pueda- merece toda nuestra atención.

Pero... ¿has intentado escribir en el baño?, no se me había ocurrido, un día de estos lo intentaré. ¿Ninguna de tus mentiras ha nacido en un baño?

He disfrutado leyendo en bares y cantinas, leer ciencia ficción mientras se toma cerveza o mezcal ¡vaya que sí lo he disfrutado! También he disfrutado leyendo sentado en las bancas de Reforma, allá por el Ángel de la Independencia...

En fin, saludos y un abrazo.

Martín Fragoso.

Blackpaco dijo...

De hecho yo sostengo que mi vocación de escritor nació en el water. De niño disfrutaba de mis lecturas en el baño y cuando no había comiquito nuevo que leer... yo me inventaba mis historias mientras hacía lo que tenía que hacer. Muchas, muchas, muchas sagas de Spider-Man, Parchís, New Teen Titans y otros peronsajes míos fueron contadas en los baños de las diversas casas en que vivía a una audiencia imaginaria.

Definitivamente soy escritor porque tengo que cagar. X-D

Francisco Espinosa.

Korkuss dijo...

Jajaja! Qué buen texto!

{{El Diablo}} dijo...

Definitivamente leer en el baño es un placer, aunque en mi caso, hay veces que se me va el tiempo ahí y cuando me doy cuenta...ya tengo las piernas acalambradas por tanto estar sentado.

Está bueno tu blog, estaba pensando si te gustaría un intercambio de links para el blogroll...te invito a checar el mío, y si te late la idea me avisas vía comment, vale?

Que tengas excelente fin de semana.



Saludos Enfermos.